El Chico era demasiado serio. Rara vez sonreía. Adusto, grave, triste.
Tocaba el violìn. También el piano, pero rara vez estaba uno a su alcance.
Amaba el silencio. Se sentía a gusto con Elena, si ella no más lo acariciaba.
Si su mujer se alborotaba. inmediatamente dejaba la casa y le suserraba al salir:
---Helen, vuelvo cuando estás más tranquila.
Más tarde, se asomaba por el dintel:
---Ya se te pasó, querida?
Entonces entraba y suavemente la besaba...
Thomas no tenía muchos amigos.
Sus relaciones eran no más para arreglar asuntos tales como dar consulta, recomendar un tratamiento y conseguir algo de alguien en la comunidad.
En Campeche, hizo un buen amigo con quien compartió su consultorio, porque tenía su misma pasión por encontrar la cura de enfermedades tropicales tales como la febre amarilla o el paludismo. También se sentía identificado con él porque era descendiente de escocés: el Dr. Quijano MacGregor. Solían dialogar en inglés.
En realidad, cada vez que se veían fuera del consultorio, tomaban whisky y solían acabarse una botella.
Thomas tenía muy en cuenta esta sentencia de Tomás de Kempis:
“Del desordenado amor y vano temor nace todo el desasosiego del corazón y toda distracción de los sentidos”
Tocaba el violìn. También el piano, pero rara vez estaba uno a su alcance.
Amaba el silencio. Se sentía a gusto con Elena, si ella no más lo acariciaba.
Si su mujer se alborotaba. inmediatamente dejaba la casa y le suserraba al salir:
---Helen, vuelvo cuando estás más tranquila.
Más tarde, se asomaba por el dintel:
---Ya se te pasó, querida?
Entonces entraba y suavemente la besaba...
Thomas no tenía muchos amigos.
Sus relaciones eran no más para arreglar asuntos tales como dar consulta, recomendar un tratamiento y conseguir algo de alguien en la comunidad.
En Campeche, hizo un buen amigo con quien compartió su consultorio, porque tenía su misma pasión por encontrar la cura de enfermedades tropicales tales como la febre amarilla o el paludismo. También se sentía identificado con él porque era descendiente de escocés: el Dr. Quijano MacGregor. Solían dialogar en inglés.
En realidad, cada vez que se veían fuera del consultorio, tomaban whisky y solían acabarse una botella.
Thomas tenía muy en cuenta esta sentencia de Tomás de Kempis:
“Del desordenado amor y vano temor nace todo el desasosiego del corazón y toda distracción de los sentidos”
Y además tenía en mente , la frase de Madame Stahel:
"Cuando uno se halla habituado a una dulce monotonía, ya nunca le apetece ninguna clase de distracción, que no le aliviaría y que sólo le servirá para darse más cuenta de que se aburre todos los días.”
"Cuando uno se halla habituado a una dulce monotonía, ya nunca le apetece ninguna clase de distracción, que no le aliviaría y que sólo le servirá para darse más cuenta de que se aburre todos los días.”
De vez en cuando, iba a pasar la noche en la biblioteca pública, para leer. Eso era como ocupar un palco en el paraíso. A menudo, cuando abandonaba la biblioteca, decía para sus adentros: ¿Por qué no vienes más a menudo? El motivo de que no lo hiciera, por supuesto, era que la vida se interponía en el camino. En realidad, Uno muchas veces dice "la vida" para indicar el placerla investigación, el deber, la tarea, o cualquier otra distracción tonta
Thomas intentaba pasar inadvertido. Por ello su tono de voz solia ser bajo, evitaba la mirada, no solía hacer muchos gestos al hablar y su postura era encogida.



No hay comentarios:
Publicar un comentario